Cuando las instituciones señalan: reflexiones desde un pueblo pequeño

Vivir en un pueblo tiene muchas cosas buenas. Cercanía, identidad, memoria compartida. Pero también tiene una fragilidad que a veces olvidamos: cuando el clima social se tensa, todo se amplifica y cuesta mucho volver atrás.
En ese contexto, el papel de las instituciones públicas debería ser especialmente cuidadoso. No para evitar el debate —el debate es sano y necesario— sino para garantizar algo básico: neutralidad, respeto y juego limpio.
El desacuerdo es legítimo
Discrepar sobre proyectos, prioridades o decisiones forma parte de la vida democrática. En Las Pedrosas, como en cualquier otro sitio, se puede estar a favor o en contra de una actuación concreta, de una inversión o de una forma de gestionar el patrimonio común. Eso no solo es normal, es deseable, y tradicionalmente este tipo de debates se han abordado desde el respeto y el diálogo entre quienes representan al conjunto de la ciudadanía.
El problema aparece cuando se cruza una línea: cuando el desacuerdo político se transforma en señalamientos personales, cuando se mezclan datos sin contexto, o cuando se utilizan canales institucionales para lanzar mensajes con un destinatario implícito.
Cuando el mensaje importa más que la intención
Desde hace un tiempo se vienen difundiendo, desde redes sociales y desde canales oficiales, mensajes con alusiones personales, juicios morales y reproches indirectos. No es tanto una cuestión de intención —que siempre se puede discutir— como de posición.
No es lo mismo opinar desde un perfil personal que hacerlo desde una institución. Cuando habla un ayuntamiento, no habla “alguien”: habla el poder público. Y eso cambia completamente el impacto del mensaje.
Palabras como orgullo, humildad, bien común o enfrentamiento social, cuando se utilizan desde una posición institucional y con destinatarios reconocibles, dejan de ser reflexiones generales y pasan a convertirse en herramientas de presión. Aunque no se nombren personas.
El efecto silencioso
Este tipo de mensajes no solo afectan a quien los recibe directamente. Generan algo mucho más dañino en pueblos pequeños: silencio, autocensura, miedo a significarse.
Y ese clima termina afectando a todo:
- A las asociaciones que intentan poner en marcha actividades.
- A las personas que quieren colaborar pero prefieren no “meterse en líos”.
- A la convivencia, que se resiente cuando se normaliza señalar en lugar de dialogar.
Asociacionismo y neutralidad
Las asociaciones culturales, vecinales o sociales no deberían ser vistas como una amenaza, ni como una extensión de ninguna sigla, ni instrumentalizadas para alimentar lecturas interesadas. Son una expresión normal de una sociedad viva.
La neutralidad institucional no consiste en no decir nada. Consiste en tratar a todas las iniciativas con el mismo respeto, en no amplificar unas mientras se ignoran otras, y en no responder desde el púlpito institucional a mensajes que, gusten más o menos, forman parte del debate social.
Una reflexión necesaria
No escribo esto para pedir privilegios, ni para reclamar aplausos. Tampoco para alimentar enfrentamientos. Lo escribo como una reflexión personal, y por eso tiene sentido que esté en este blog, porque creo que merece la pena parar un momento y preguntarnos:
- ¿Qué tipo de pueblo queremos ser?
- ¿Uno donde discrepar tiene consecuencias personales, donde el miedo a ser señalado acaba inhibiendo la libertad de las personas?
- ¿O uno donde las instituciones y quienes las integran cuidan el clima común, incluso cuando no están de acuerdo?
Las palabras importan. Los canales importan. Y, sobre todo, las responsabilidades importan.
Por mi parte, seguiré defendiendo la participación, el asociacionismo y el respeto, aunque a veces resulte incómodo. Porque cuidar el bien común no es silenciar al que molesta, sino garantizar que todos podamos expresarnos sin miedo. Y, sobre todo, porque me importa mi pueblo y me importan las personas que lo viven, lo visitan y lo sienten en distintos momentos.


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