Hay tradiciones que no necesitan permiso para sobrevivir. Se cuelan por los resquicios, se adaptan a las circunstancias y encuentran siempre la manera de seguir adelante. No porque alguien las proteja desde arriba, sino porque hay personas que las quieren de verdad y no están dispuestas a dejarlas morir.
El día 23 de junio celebramos la Noche de San Juan, como se viene haciendo en Las Pedrosas desde hace tiempo, en la víspera del día de San Juan. No fue donde teníamos pensado. Las circunstancias de esa semana —que en otro momento contaré con más detalle— llevaron a que cambiásemos de ubicación casi en el último momento. Al final lo hicimos en una calle privada, cedida amablemente por una comunidad de vecinos que entendió perfectamente de qué iba todo esto.
Vinieron veintidós personas.
En un pueblo de poco más de cien habitantes, en día entre semana, eso no es un dato menor.
Hicimos lo que teníamos previsto: agua para sanjuanarse, plantas del entorno, una cena en la que cada cual aportó algo, y una conversación tranquila sobre el origen de esta festividad y lo que significa. La noche más corta del año, el solsticio de verano, esa frontera antigua entre estaciones que los pueblos de Aragón siempre han celebrado de maneras sencillas y cercanas.
Estas semanas han sido intensas en Las Pedrosas. Ha habido momentos de frustración, de incredulidad, de preguntarse por qué cuesta tanto hacer cosas sencillas. Ha habido papeles, registros, resoluciones y conversaciones que uno no esperaría tener por querer organizar una cena de vecinos.
Pero al final, la cena se hizo. Con veintidós personas, en una calle privada, bajo las estrellas de junio.
Y eso, que parece poco, lo es todo.
Es curioso, por cierto, cómo algunas iniciativas encuentran siempre el camino despejado —el espacio disponible, la colaboración institucional, el cartel en el tablón—, mientras que otras tienen que buscarse la vida por su cuenta, cambiar de ubicación en el último momento y agradecer a unos vecinos que cedan una calle. Es una reflexión. Y lo digo porque es parte de la historia, y esta es una historia verdadera.
Porque las tradiciones no sobreviven porque las instituciones, o quienes las dirigen, las protejan. Sobreviven porque hay gente que las sostiene con sus propias manos, que no se rinde cuando las cosas se complican y que entiende que lo importante no es dónde ni con qué medios, sino que se haga.
La Noche de San Juan en Las Pedrosas seguirá. El año que viene, y el siguiente, y los que vengan. Donde haga falta y como haga falta.
Y el verano aún no ha dicho todo lo que tiene que decir. El 12 de agosto, a las 20:29, Las Pedrosas estará en la franja de totalidad del eclipse solar. Durante 57 segundos, la noche llegará antes de tiempo. Otra frontera antigua entre la luz y la oscuridad. Otra razón para salir a la calle y mirar hacia arriba juntos.
Hubo un tiempo en el que el Ayuntamiento de Las Pedrosas apostó por algo poco habitual en la administración local, y más a un nivel tan pequeño: la soberanía tecnológica, el software libre y la independencia frente a las grandes multinacionales tecnológicas.
No era postureo ni una extravagancia “de informáticos”. Era una forma de entender cómo deben gestionarse los recursos públicos.
Desde hace muchos años he defendido el software libre. Participé en colectivos como GrULLA e Hispalinux, he trabajado siempre con sistemas Unix y mi ordenador personal lleva funcionando con Linux —principalmente Debian— desde hace muchísimo tiempo. Para mí no es una moda: es una filosofía basada en compartir conocimiento, aprovechar mejor los recursos y entender realmente la tecnología que utilizamos cada día.
Entre los años 2015 y 2023 trasladamos esa visión al Ayuntamiento. Se implantaron equipos con Ubuntu y durante años el funcionamiento fue perfectamente válido para un municipio pequeño como el nuestro. Se redujeron costes en licencias, se alargó la vida útil de ordenadores antiguos y se trabajó con sistemas estables y seguros.
Pero lo más importante no era ahorrar dinero.
Lo importante era la filosofía que había detrás.
El software libre permite saber cómo funciona aquello que utilizas. No dependes de una empresa que decide por ti qué puedes hacer, qué cambia en una actualización o qué información recoge tu sistema. El código está ahí, puede auditarse, revisarse y entenderse. No hay cajas negras ni procesos ocultos funcionando sin que nadie sepa exactamente qué hacen.
En cambio, el modelo de Windows y de muchas plataformas privativas es justo el contrario: sistemas cerrados, opacos y dependientes de fabricantes externos. Actualizaciones impuestas, telemetría difícil de controlar, servicios en la nube integrados por defecto y una dependencia constante de terceros para cualquier cambio o mantenimiento.
Y eso, en una administración pública, debería hacer reflexionar bastante.
Porque un ayuntamiento no debería funcionar como un cliente cautivo de grandes empresas tecnológicas. Debería tener el máximo control posible sobre sus herramientas, sus documentos y su infraestructura digital.
Durante años se demostró que otra forma de hacer las cosas era posible incluso en un pueblo pequeño. Con pocos recursos, pero con criterio. Sin grandes contratos, sin vender humo y sin necesitar estar cambiando equipos constantemente.
Sin embargo, también hubo quien decidió reducir todo aquello a burlas fáciles y desprecio. Recuerdo perfectamente cómo, en un pleno, una persona ajena al Ayuntamiento utilizó de forma despectiva la palabra “técnico” para intentar ridiculizarme. Como si entender cómo funcionan las cosas fuese algo negativo. Como si tener conocimientos, preocuparse por la tecnología pública o intentar hacer las cosas de otra manera fuese motivo de mofa.
Y eso dice mucho del problema de fondo que tenemos a veces como sociedad: se desprecia al que intenta aportar criterio, aprender o construir algo diferente, mientras se acepta con total normalidad la improvisación permanente y el “ya lo hará alguien”.
Lo irónico es que después quienes se burlaban de todo aquello acabaron impulsando precisamente el modelo más dependiente, más cerrado y más opaco posible. El de siempre. El fácil. El que entrega el control tecnológico a terceros y convierte cualquier cambio en una dependencia constante.
Con el tiempo todo aquello se desmontó. Se volvió a Windows, a la dependencia tecnológica y a meter servicios y configuraciones sin una visión clara de conjunto. Lo que se había construido con coherencia acabó desapareciendo entre inercias, ocurrencias y la falsa idea de que lo privativo es automáticamente más profesional.
Y quizá lo más triste no es abandonar Linux o el software libre. Lo triste es renunciar a la idea de que la tecnología pública también puede ser transparente, comprensible y autónoma.
Porque el software libre nunca fue solo “un sistema operativo”.
El precio de la gasolina en España lleva años siendo una fuente de frustración para millones de conductores. Con más de 11.000 estaciones de servicio repartidas por todo el territorio, la diferencia entre la gasolinera más cara y la más barata de una misma ciudad puede superar los 15 céntimos por litro. En un depósito de 50 litros, eso son 7,50 euros. En un año, si llenas una vez a la semana, estamos hablando de casi 400 euros de diferencia.
Llevaba tiempo pensando en hacer algo al respecto, y hace unos meses me puse a ello. El resultado es preciodelagasolina.es, una web gratuita para consultar y comparar el precio del combustible en tiempo real en cualquier gasolinera de España.
De dónde vienen los datos
Lo primero que me preguntan es si los datos son fiables. La respuesta es sí, y la razón es simple: provienen de la API oficial del Ministerio de Industria, Comercio y Turismo (MITERD), la misma fuente que alimenta las apps de navegación más populares y el propio portal del Gobierno. Las gasolineras están legalmente obligadas a notificar sus precios al Ministerio, así que lo que aparece en la web es lo que hay realmente en el surtidor.
Los precios se descargan y actualizan automáticamente varias veces al día mediante un sistema de cron. No hay intervención manual ni datos introducidos a mano.
Qué puedes hacer en la web
La web está pensada para usarse en tres situaciones concretas: antes de salir de casa, desde el coche cuando necesitas repostar, y para seguir la evolución del precio de una gasolinera concreta.
Encuentra la más barata cerca de ti
Puedes dar permiso de ubicación al navegador y la web te muestra automáticamente las gasolineras más baratas en un radio de 2, 5, 10 o 20 kilómetros. No necesitas registrarte ni instalar nada.
Filtra por provincia, municipio o comunidad autónoma
Si prefieres buscar a mano, puedes navegar por cualquiera de las 52 provincias españolas o las 17 comunidades autónomas. Cada página muestra el ranking de las gasolineras más baratas de esa zona para Gasolina 95, Gasóleo A, Gasolina 98 o GLP.
Historial de precios de los últimos 90 días
Esta es probablemente la función más útil para tomar decisiones. Cada gasolinera tiene su propia ficha con un gráfico del precio histórico de los últimos tres meses, comparado con la media de su provincia. Si el precio ha bajado esta semana o lleva meses subiendo sin parar, lo ves de un vistazo.
Comparativa entre gasolineras
¿Dudas entre dos gasolineras de tu ruta habitual? La sección Comparar te permite enfrentar dos estaciones de servicio y ver cuál ha sido más barata históricamente, no solo hoy.
Ranking por marca
¿Son más baratas las gasolineras de Repsol o las de Cepsa? ¿Y las de supermercado? La sección Por marca responde esa pregunta con datos reales.
Alertas de precio en favoritas
Puedes guardar hasta 20 gasolineras como favoritas y activar notificacionespush. Si el precio baja más de medio céntimo por litro en alguna de tus favoritas, recibes un aviso directo en el móvil sin necesidad de abrir la app.
Funciona como una app, sin pasar por la App Store
Una de las cosas que más me importaba al diseñarla es que se pudiera usar como una aplicación móvil real sin tener que publicarla en ninguna tienda. La web es una PWA (Progressive Web App): si la abres desde el navegador del móvil, te ofrece instalarla directamente en la pantalla de inicio.
Una vez instalada se comporta exactamente como una app nativa: tiene su propio icono, se abre a pantalla completa sin la barra del navegador, carga al instante aunque tengas mala cobertura porque guarda los recursos estáticos en caché, y aparece en el menú de aplicaciones del teléfono como cualquier otra.
En iPhone (Safari): abre la web, pulsa el botón de compartir y selecciona «Añadir a pantalla de inicio».
En Android (Chrome): la propia web te muestra un banner de instalación automáticamente, o puedes ir al menú del navegador y pulsar «Instalar aplicación».
Sin descargas, sin permisos extraños, sin cuentas. Ocupa menos de 1 MB.
Las notificaciones push funcionan sin tener la web abierta. Una vez que activas las alertas en tus gasolineras favoritas, el aviso te llega directamente al móvil igual que un mensaje de WhatsApp, tanto si tienes la web abierta como si no. Cuando el precio baja más de medio céntimo por litro en alguna de tus favoritas, te aparece la notificación y con un toque llegas directamente al listado de precios actualizado.
Para los que repostan siempre en la misma gasolinera de camino al trabajo, esto es especialmente útil: no tienes que acordarte de consultar nada. Si baja el precio, te enterarás solo.
Cómo está construida técnicamente
Para los que les interesa la parte técnica: la web está construida con PHP 8.4 en el backend, MongoDB como base de datos (ideal para el volumen de datos de series temporales de precios), y JavaScript vanilla sin frameworks en el frontend. Sin React, sin Vue, sin nada pesado.
El objetivo era que cargara rápido, especialmente en móvil y con conexiones lentas de carretera. En Lighthouse saca más de 95 en rendimiento. El mapa de gasolineras usa Leaflet con tiles de OpenStreetMap, que es gratuito y sin límites de peticiones.
Toda la infraestructura corre en un VPS propio. Sin dependencias de terceros para los datos, sin APIs de pago, sin nada que pueda desaparecer de un día para otro.
Por qué lo hice
Hay varias webs y apps de gasolineras en España. La mayoría comparten los mismos problemas: son lentas, tienen una interfaz pensada para hace diez años, están llenas de banners o requieren registro para funciones básicas. En el móvil, muchas son directamente inutilizables.
Quería una herramienta que hiciera una cosa bien: decirte dónde echar gasolina barata cerca de donde estás ahora mismo, en menos de tres segundos, sin fricción.
También era una excusa para hacer un proyecto con datos reales a cierta escala. Más de 11.000 gasolineras, datos que se actualizan varias veces al día, histórico de 90 días por estación… es un volumen interesante para trabajar con MongoDB y optimizar consultas geoespaciales.
Úsala y cuéntame qué falta
La web lleva pocos meses online y sigo añadiendo funciones. Si la usas y echas en falta algo, o encuentras algún error, puedes escribirme a info@preciodelagasolina.es.
Y si te resulta útil, compártela. Cuanta más gente la use, más sentido tiene seguir desarrollándola.
Hay personas que siempre han estado ahí. Y no sabes desde cuándo, porque forman parte de tu vida casi sin darte cuenta.
Dora era una de ellas.
Vino de El Frago a trabajar aquí, a Las Pedrosas, y aquí se quedó. Aquí hizo su vida, su casa, su familia. Aquí se convirtió en una más del pueblo, porque para mí ella, Antonio y Maricruz siempre fueron los vecinos de casa por la parte de atrás.
Junto a Antonio, eran de esa gente buena de verdad. Sin complicaciones. Trabajadores, cercanos, de los que siempre tenían un saludo, una palabra, una presencia tranquila.
De los que te han visto crecer.
Y eso, aunque no lo pienses en el día a día, se queda muy dentro.
Antonio se fue hace un tiempo… y hoy cuesta no pensar que ya están otra vez juntos.
Y aquí nos quedamos nosotros, con esa sensación rara de que falta alguien que siempre había estado.
Pero también con algo bonito.
Porque Dora no se va del todo. Se queda en sus recuerdos, en lo que contó, en su manera de ser. Y, en mi caso, en la suerte de haber podido sentarme con ella, escucharla y guardar un trocito de su vida en “Remerando Las Pedrosas”.
Ahora eso vale todavía más.
Nos queda Maricruz, a la que mando un abrazo muy grande.
Y nos queda Dora, en lo sencillo, en lo cercano, en todo eso que hace que un pueblo sea un pueblo.
En los pueblos pequeños hay algo que nunca falla: todo se ve, todo se comenta y todo acaba teniendo su recorrido. No sólo lo que se hace, sino también cómo se hace.
A veces tendemos a pensar que lo importante es la acción, la gestión, los resultados. Y sí, lo son. Pero hay otra parte igual de importante que muchas veces se descuida: las formas. Y cuando hablamos de instituciones públicas, las formas no son un detalle estético, son parte esencial de su función.
Porque un ayuntamiento no sólo gestiona servicios o toma decisiones. También comunica. Y cuando lo hace, no habla una persona concreta, habla en nombre de todos.
En las últimas semanas se están viendo situaciones que invitan, como mínimo, a reflexionar sobre esto. No tanto por hechos aislados, sino por una cierta manera de hacer que se repite: decisiones sobre qué se difunde y qué no, y una forma de comunicar que en ocasiones resulta difícil de encajar dentro de lo que debería ser un tono institucional.
La difusión de actividades, por ejemplo, no debería depender de a quién le apetece o no le apetece publicar algo, ni de si alguien lo pide o deja de pedirlo. En un municipio pequeño, donde cualquier iniciativa suma, facilitar que la información llegue a todos debería ser algo casi automático. No por hacer un favor a nadie, sino porque forma parte de lo público.
Cuando eso no ocurre, el problema no es sólo que una actividad tenga más o menos visibilidad. El problema es el mensaje que se lanza: que no todas las iniciativas cuentan igual, que no todas tienen el mismo espacio. Y eso, poco a poco, acaba pasando factura.
Pero más allá de la difusión, hay otra cuestión que me parece incluso más importante: el tono.
No todo vale en la comunicación institucional. No todo se puede decir de cualquier manera. No todo se puede trasladar sin cuidar las palabras, el contexto o la imagen que se proyecta.
Y no es una cuestión de ser más o menos formal, ni de escribir mejor o peor. Es una cuestión de entender que cuando se utiliza un canal público, se está representando a todo un pueblo, con su diversidad, sus sensibilidades y su forma de convivir.
Por eso, cuando las formas fallan, no es sólo un problema de estilo. Es un problema de fondo.
Porque las formas construyen confianza… o la deterioran. Acercan… o generan distancia. Suman… o dividen.
En un entorno pequeño, esto se nota todavía más. Aquí no hay anonimato ni grandes filtros. Lo que se dice y cómo se dice tiene un impacto directo en la convivencia diaria.
Y por eso, precisamente, creo que merece la pena pararse a pensarlo.
No se trata de señalar a nadie ni de entrar en debates estériles. Se trata de algo mucho más sencillo, y a la vez más importante: de recordar qué significa realmente gestionar lo público.
Gestionar lo público no es sólo tomar decisiones. Es hacerlo con criterios claros, con coherencia y, sobre todo, con respeto.
Respeto hacia las personas, hacia las iniciativas que nacen del propio pueblo y hacia la propia institución que se representa.
Porque al final, más allá de cualquier circunstancia puntual, lo que queda es eso: la manera en que hacemos las cosas.
Y en un pueblo, esa manera importa más de lo que a veces pensamos.
Vivir en un pueblo tiene muchas cosas buenas. Cercanía, identidad, memoria compartida. Pero también tiene una fragilidad que a veces olvidamos: cuando el clima social se tensa, todo se amplifica y cuesta mucho volver atrás.
En ese contexto, el papel de las instituciones públicas debería ser especialmente cuidadoso. No para evitar el debate —el debate es sano y necesario— sino para garantizar algo básico: neutralidad, respeto y juego limpio.
El desacuerdo es legítimo
Discrepar sobre proyectos, prioridades o decisiones forma parte de la vida democrática. En Las Pedrosas, como en cualquier otro sitio, se puede estar a favor o en contra de una actuación concreta, de una inversión o de una forma de gestionar el patrimonio común. Eso no solo es normal, es deseable, y tradicionalmente este tipo de debates se han abordado desde el respeto y el diálogo entre quienes representan al conjunto de la ciudadanía.
El problema aparece cuando se cruza una línea: cuando el desacuerdo político se transforma en señalamientos personales, cuando se mezclan datos sin contexto, o cuando se utilizan canales institucionales para lanzar mensajes con un destinatario implícito.
Cuando el mensaje importa más que la intención
Desde hace un tiempo se vienen difundiendo, desde redes sociales y desde canales oficiales, mensajes con alusiones personales, juicios morales y reproches indirectos. No es tanto una cuestión de intención —que siempre se puede discutir— como de posición.
No es lo mismo opinar desde un perfil personal que hacerlo desde una institución. Cuando habla un ayuntamiento, no habla “alguien”: habla el poder público. Y eso cambia completamente el impacto del mensaje.
Palabras como orgullo, humildad, bien común o enfrentamiento social, cuando se utilizan desde una posición institucional y con destinatarios reconocibles, dejan de ser reflexiones generales y pasan a convertirse en herramientas de presión. Aunque no se nombren personas.
El efecto silencioso
Este tipo de mensajes no solo afectan a quien los recibe directamente. Generan algo mucho más dañino en pueblos pequeños: silencio, autocensura, miedo a significarse.
Y ese clima termina afectando a todo:
A las asociaciones que intentan poner en marcha actividades.
A las personas que quieren colaborar pero prefieren no “meterse en líos”.
A la convivencia, que se resiente cuando se normaliza señalar en lugar de dialogar.
Asociacionismo y neutralidad
Las asociaciones culturales, vecinales o sociales no deberían ser vistas como una amenaza, ni como una extensión de ninguna sigla, ni instrumentalizadas para alimentar lecturas interesadas. Son una expresión normal de una sociedad viva.
La neutralidad institucional no consiste en no decir nada. Consiste en tratar a todas las iniciativas con el mismo respeto, en no amplificar unas mientras se ignoran otras, y en no responder desde el púlpito institucional a mensajes que, gusten más o menos, forman parte del debate social.
Una reflexión necesaria
No escribo esto para pedir privilegios, ni para reclamar aplausos. Tampoco para alimentar enfrentamientos. Lo escribo como una reflexión personal, y por eso tiene sentido que esté en este blog, porque creo que merece la pena parar un momento y preguntarnos:
¿Qué tipo de pueblo queremos ser?
¿Uno donde discrepar tiene consecuencias personales, donde el miedo a ser señalado acaba inhibiendo la libertad de las personas?
¿O uno donde las instituciones y quienes las integran cuidan el clima común, incluso cuando no están de acuerdo?
Las palabras importan. Los canales importan. Y, sobre todo, las responsabilidades importan.
Por mi parte, seguiré defendiendo la participación, el asociacionismo y el respeto, aunque a veces resulte incómodo. Porque cuidar el bien común no es silenciar al que molesta, sino garantizar que todos podamos expresarnos sin miedo. Y, sobre todo, porque me importa mi pueblo y me importan las personas que lo viven, lo visitan y lo sienten en distintos momentos.
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