Hay personas que siempre han estado ahí. Y no sabes desde cuándo, porque forman parte de tu vida casi sin darte cuenta.
Dora era una de ellas.
Vino de El Frago a trabajar aquí, a Las Pedrosas, y aquí se quedó. Aquí hizo su vida, su casa, su familia. Aquí se convirtió en una más del pueblo, porque para mí ella, Antonio y Maricruz siempre fueron los vecinos de casa por la parte de atrás.
Junto a Antonio, eran de esa gente buena de verdad. Sin complicaciones. Trabajadores, cercanos, de los que siempre tenían un saludo, una palabra, una presencia tranquila.
De los que te han visto crecer.
Y eso, aunque no lo pienses en el día a día, se queda muy dentro.
Antonio se fue hace un tiempo… y hoy cuesta no pensar que ya están otra vez juntos.
Y aquí nos quedamos nosotros, con esa sensación rara de que falta alguien que siempre había estado.
Pero también con algo bonito.
Porque Dora no se va del todo. Se queda en sus recuerdos, en lo que contó, en su manera de ser. Y, en mi caso, en la suerte de haber podido sentarme con ella, escucharla y guardar un trocito de su vida en “Remerando Las Pedrosas”.
Ahora eso vale todavía más.
Nos queda Maricruz, a la que mando un abrazo muy grande.
Y nos queda Dora, en lo sencillo, en lo cercano, en todo eso que hace que un pueblo sea un pueblo.
Vivir en un pueblo tiene muchas cosas buenas. Cercanía, identidad, memoria compartida. Pero también tiene una fragilidad que a veces olvidamos: cuando el clima social se tensa, todo se amplifica y cuesta mucho volver atrás.
En ese contexto, el papel de las instituciones públicas debería ser especialmente cuidadoso. No para evitar el debate —el debate es sano y necesario— sino para garantizar algo básico: neutralidad, respeto y juego limpio.
El desacuerdo es legítimo
Discrepar sobre proyectos, prioridades o decisiones forma parte de la vida democrática. En Las Pedrosas, como en cualquier otro sitio, se puede estar a favor o en contra de una actuación concreta, de una inversión o de una forma de gestionar el patrimonio común. Eso no solo es normal, es deseable, y tradicionalmente este tipo de debates se han abordado desde el respeto y el diálogo entre quienes representan al conjunto de la ciudadanía.
El problema aparece cuando se cruza una línea: cuando el desacuerdo político se transforma en señalamientos personales, cuando se mezclan datos sin contexto, o cuando se utilizan canales institucionales para lanzar mensajes con un destinatario implícito.
Cuando el mensaje importa más que la intención
Desde hace un tiempo se vienen difundiendo, desde redes sociales y desde canales oficiales, mensajes con alusiones personales, juicios morales y reproches indirectos. No es tanto una cuestión de intención —que siempre se puede discutir— como de posición.
No es lo mismo opinar desde un perfil personal que hacerlo desde una institución. Cuando habla un ayuntamiento, no habla “alguien”: habla el poder público. Y eso cambia completamente el impacto del mensaje.
Palabras como orgullo, humildad, bien común o enfrentamiento social, cuando se utilizan desde una posición institucional y con destinatarios reconocibles, dejan de ser reflexiones generales y pasan a convertirse en herramientas de presión. Aunque no se nombren personas.
El efecto silencioso
Este tipo de mensajes no solo afectan a quien los recibe directamente. Generan algo mucho más dañino en pueblos pequeños: silencio, autocensura, miedo a significarse.
Y ese clima termina afectando a todo:
A las asociaciones que intentan poner en marcha actividades.
A las personas que quieren colaborar pero prefieren no “meterse en líos”.
A la convivencia, que se resiente cuando se normaliza señalar en lugar de dialogar.
Asociacionismo y neutralidad
Las asociaciones culturales, vecinales o sociales no deberían ser vistas como una amenaza, ni como una extensión de ninguna sigla, ni instrumentalizadas para alimentar lecturas interesadas. Son una expresión normal de una sociedad viva.
La neutralidad institucional no consiste en no decir nada. Consiste en tratar a todas las iniciativas con el mismo respeto, en no amplificar unas mientras se ignoran otras, y en no responder desde el púlpito institucional a mensajes que, gusten más o menos, forman parte del debate social.
Una reflexión necesaria
No escribo esto para pedir privilegios, ni para reclamar aplausos. Tampoco para alimentar enfrentamientos. Lo escribo como una reflexión personal, y por eso tiene sentido que esté en este blog, porque creo que merece la pena parar un momento y preguntarnos:
¿Qué tipo de pueblo queremos ser?
¿Uno donde discrepar tiene consecuencias personales, donde el miedo a ser señalado acaba inhibiendo la libertad de las personas?
¿O uno donde las instituciones y quienes las integran cuidan el clima común, incluso cuando no están de acuerdo?
Las palabras importan. Los canales importan. Y, sobre todo, las responsabilidades importan.
Por mi parte, seguiré defendiendo la participación, el asociacionismo y el respeto, aunque a veces resulte incómodo. Porque cuidar el bien común no es silenciar al que molesta, sino garantizar que todos podamos expresarnos sin miedo. Y, sobre todo, porque me importa mi pueblo y me importan las personas que lo viven, lo visitan y lo sienten en distintos momentos.
De repente, un campesino gritó insultos desde su casa. El discípulo, enfadado, quiso responderle, pero el maestro sonrió y siguió caminando.
—Maestro, ¿no va a decirle nada? —preguntó el joven. —Si alguien te ofrece un regalo y no lo aceptas, ¿de quién sigue siendo el regalo? —respondió el maestro.
El discípulo entendió: lo que no aceptas, no te pertenece.
Hay cosas que se devuelven con silencio y dignidad. No por debilidad, sino por respeto a uno mismo y a quienes sólo quieren vivir tranquilos y en paz.
Ayer nos dejaba Antonio Aurensanz, fundador de Casa Antonio, de Ontinar del Salz. Conocí a Antonio a través de otro compañero suyo del gremio, Hermógenes, aunque ya conocía de sus andanzas por otro del gremio, Herman, el holandés. Siempre lo consideré un hombre trabajador, con mucha cabeza, y con muchas ganas de pelear. La vida le castigó con la pérdida de personas queridas antes de hora.
Antonio permanece con sus conversaciones, sus recuerdos, y sus gintonics a media tarde en Espoz y Mina, con una buena tertulia, en nosotros.
Un placer haber compartido contigo interesantes momentos. Que la tierra te sea leve, amigo.
irascible Del lat. irascibĭlis. 1.adj. Propenso a la ira.
Desde la pandemia, el mundo está cada vez más poblado de personas irascibles. Aquellos que de alguna forma sacan lo peor de su ser, y por no poder resolver sus problemas consigo mismos, estallan en brotes de ira contra algo, o lo que es peor, contra alguien, sólo por el mero hecho de mitigar así sus carencias.
Esto lo vemos cada día en los autobuses, tranvías, en la calle, en el supermercado… No sé por qué, pero cuando se decía que la pandemia nos iba a volver mejores personas, desde luego nos equivocamos totalmente: nos ha vuelto mucho peores, sobretodo en el aspecto social.
O al menos esta es mi percepción, que no quiere decir que sea la realidad ni mucho menos, pero cada vez que sale el tema en alguna conversación parece ser que es un pensamiento que no sólo tengo yo.
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