Hay personas que siempre han estado ahí. Y no sabes desde cuándo, porque forman parte de tu vida casi sin darte cuenta.
Dora era una de ellas.
Vino de El Frago a trabajar aquí, a Las Pedrosas, y aquí se quedó. Aquí hizo su vida, su casa, su familia. Aquí se convirtió en una más del pueblo, porque para mí ella, Antonio y Maricruz siempre fueron los vecinos de casa por la parte de atrás.
Junto a Antonio, eran de esa gente buena de verdad. Sin complicaciones. Trabajadores, cercanos, de los que siempre tenían un saludo, una palabra, una presencia tranquila.
De los que te han visto crecer.
Y eso, aunque no lo pienses en el día a día, se queda muy dentro.
Antonio se fue hace un tiempo… y hoy cuesta no pensar que ya están otra vez juntos.
Y aquí nos quedamos nosotros, con esa sensación rara de que falta alguien que siempre había estado.
Pero también con algo bonito.
Porque Dora no se va del todo. Se queda en sus recuerdos, en lo que contó, en su manera de ser. Y, en mi caso, en la suerte de haber podido sentarme con ella, escucharla y guardar un trocito de su vida en “Remerando Las Pedrosas”.
Ahora eso vale todavía más.
Nos queda Maricruz, a la que mando un abrazo muy grande.
Y nos queda Dora, en lo sencillo, en lo cercano, en todo eso que hace que un pueblo sea un pueblo.
En los pueblos pequeños hay algo que nunca falla: todo se ve, todo se comenta y todo acaba teniendo su recorrido. No sólo lo que se hace, sino también cómo se hace.
A veces tendemos a pensar que lo importante es la acción, la gestión, los resultados. Y sí, lo son. Pero hay otra parte igual de importante que muchas veces se descuida: las formas. Y cuando hablamos de instituciones públicas, las formas no son un detalle estético, son parte esencial de su función.
Porque un ayuntamiento no sólo gestiona servicios o toma decisiones. También comunica. Y cuando lo hace, no habla una persona concreta, habla en nombre de todos.
En las últimas semanas se están viendo situaciones que invitan, como mínimo, a reflexionar sobre esto. No tanto por hechos aislados, sino por una cierta manera de hacer que se repite: decisiones sobre qué se difunde y qué no, y una forma de comunicar que en ocasiones resulta difícil de encajar dentro de lo que debería ser un tono institucional.
La difusión de actividades, por ejemplo, no debería depender de a quién le apetece o no le apetece publicar algo, ni de si alguien lo pide o deja de pedirlo. En un municipio pequeño, donde cualquier iniciativa suma, facilitar que la información llegue a todos debería ser algo casi automático. No por hacer un favor a nadie, sino porque forma parte de lo público.
Cuando eso no ocurre, el problema no es sólo que una actividad tenga más o menos visibilidad. El problema es el mensaje que se lanza: que no todas las iniciativas cuentan igual, que no todas tienen el mismo espacio. Y eso, poco a poco, acaba pasando factura.
Pero más allá de la difusión, hay otra cuestión que me parece incluso más importante: el tono.
No todo vale en la comunicación institucional. No todo se puede decir de cualquier manera. No todo se puede trasladar sin cuidar las palabras, el contexto o la imagen que se proyecta.
Y no es una cuestión de ser más o menos formal, ni de escribir mejor o peor. Es una cuestión de entender que cuando se utiliza un canal público, se está representando a todo un pueblo, con su diversidad, sus sensibilidades y su forma de convivir.
Por eso, cuando las formas fallan, no es sólo un problema de estilo. Es un problema de fondo.
Porque las formas construyen confianza… o la deterioran. Acercan… o generan distancia. Suman… o dividen.
En un entorno pequeño, esto se nota todavía más. Aquí no hay anonimato ni grandes filtros. Lo que se dice y cómo se dice tiene un impacto directo en la convivencia diaria.
Y por eso, precisamente, creo que merece la pena pararse a pensarlo.
No se trata de señalar a nadie ni de entrar en debates estériles. Se trata de algo mucho más sencillo, y a la vez más importante: de recordar qué significa realmente gestionar lo público.
Gestionar lo público no es sólo tomar decisiones. Es hacerlo con criterios claros, con coherencia y, sobre todo, con respeto.
Respeto hacia las personas, hacia las iniciativas que nacen del propio pueblo y hacia la propia institución que se representa.
Porque al final, más allá de cualquier circunstancia puntual, lo que queda es eso: la manera en que hacemos las cosas.
Y en un pueblo, esa manera importa más de lo que a veces pensamos.
Esta semana se han despedido del pueblo Miguel y Raquel, los carniceros que durante nueve años han venido a Las Pedrosas a prestarnos un servicio que, en un pueblo pequeño como el nuestro, es mucho más que vender carne.
En todo este tiempo hemos vivido de todo: la pandemia, cuando se colocaban en la plaza y había que ir de uno en uno; las esperas hasta que llegaban porque se les acumulaba el trabajo en otros pueblos; los días de frío, de calor y de prisas… y siempre han estado ahí, cumpliendo, con profesionalidad y cercanía.
Pero también quedan muchos buenos momentos. Como las barbacoas que se organizaban para todo el pueblo en días especiales, por ejemplo Jueves Lardero, aprovechando que venían para comprarles las longanizas y hacerlas a la brasa para todos los vecinos. Momentos sencillos, pero que hacen pueblo y se quedan en la memoria.
Miguel se jubila ahora y otros continuarán el negocio, pero creo que es justo reconocer y agradecer públicamente el trabajo que han hecho durante tantos años. Porque en pueblos donde ya no hay tiendas, estos servicios son esenciales para poder seguir viviendo aquí con dignidad.
Gracias, Miguel y Raquel, por vuestro esfuerzo, vuestra constancia y vuestro trato. Os deseamos lo mejor en esta nueva etapa, especialmente a Miguel en su merecida jubilación.
El silo de Las Pedrosas no es solo un edificio. Es parte de la historia reciente del pueblo y un ejemplo de patrimonio industrial ligado a la agricultura y a la vida económica y social de varias generaciones. Por eso, cualquier decisión sobre su futuro debería tomarse con cuidado, con transparencia y, sobre todo, contando con la gente.
Hace un tiempo se trabajó en un proyecto ambicioso para el silo. No fue una idea improvisada ni personal. Se realizaron reuniones, se recogieron aportaciones de vecinos y se buscó un enfoque que diera al edificio un uso útil para el pueblo, respetando su valor patrimonial y aprovechando la maquinaria existente, que forma parte inseparable del conjunto. Ese proyecto generó consenso y marcó una línea clara sobre qué se quería hacer y cómo.
Con el tiempo, ese proyecto ha sido cuestionado. Desde el Ayuntamiento se ha señalado que se trata de una propuesta “cara” o difícil de asumir económicamente. Sin embargo, no se ha presentado un análisis detallado que lo justifique, ni se ha comparado su coste con otras actuaciones que sí se están planteando, como el desmontaje de maquinaria o intervenciones parciales sin un destino definido. Cuestionar un proyecto por su coste es legítimo; hacerlo sin alternativas claras ni cifras sobre la mesa no lo es tanto.
Más allá del argumento económico, lo preocupante es que el proyecto se ha descartado sin un nuevo proceso de participación. No se ha vuelto a convocar a los vecinos para replantear el uso del silo, ajustar el alcance del proyecto o buscar fases asumibles. Simplemente, se ha pasado de un plan consensuado a un escenario de indefinición, en el que se habla de posibles usos futuros, alquileres o ideas aún por concretar.
En este contexto, se están tomando decisiones que van en sentido contrario a la conservación del patrimonio industrial, como el desmontaje de parte de la maquinaria interior. Estas actuaciones no solo suponen la pérdida de elementos con valor histórico y simbólico, sino también un gasto económico que resulta difícil de entender cuando, al mismo tiempo, se argumenta que el proyecto original era demasiado caro.
En varias ocasiones he manifestado públicamente mi desacuerdo con este enfoque y he pedido explicaciones claras sobre cuál es el plan real para el silo. A día de hoy, esas explicaciones no han llegado. Defender el proyecto trabajado con los vecinos no es una cuestión de capricho ni de nostalgia; es una cuestión de respeto al trabajo colectivo ya realizado y de coherencia en la gestión de los recursos públicos.
El debate no debería ser si el silo “gusta más o menos” a quien gobierna en cada momento. Debería ser cómo aprovechar un bien común de forma responsable, transparente y consensuada. Si el proyecto original no es viable, lo razonable sería explicarlo con datos, abrir de nuevo el diálogo y buscar alternativas junto a los vecinos, no actuar de espaldas al pueblo ni deshacer lo que ya estaba pensado.
El silo de Las Pedrosas merece un plan claro, realista y compartido. Recuperar la transparencia y la participación no es un obstáculo: es la única forma de convertir este edificio en una oportunidad y no en una fuente de conflicto y gasto innecesario.
A lo largo de los años el ser humano ha utilizado los materiales que tenía a mano para construir su mundo. Así, en el medio rural, en los lugares donde la abundancia de piedras era manifiesta, muchas construcciones y elementos se hacían con este material.
Esto nos lleva a las carreteras que se hicieron en las décadas de los años 20 y 30 en nuestro país. En mi pueblo, Las Pedrosas, hubo dos: la de Zuera a Murillo de Gállego (actual A-124), y la de Las Pedrosas a Piedratajada. Ambas carreteras cruzan el cauce del que conocemos como «Barranco del Pueblo», cuyo puente, en la carretera de Piedratajada, ya recibió un post (link aquí) cuando se decidió que debía sucumbir a los adelantos de la vida moderna, es decir, a las prisas.
Las piedras que flanqueaban estos puentes, eran unos bloques de considerable dimensión, que fueron derribados y destruidos casi en su totalidad, porque estorbaban. Unos pocos los pudimos salvar con el tractor pala, y el trabajo de mi padre y de mi tío abuelo, y con paciencia y esfuerzo los dejaron a buen recaudo.
Transcurrieron los años, y decidimos usarlos para poder sentarnos en la sombra de los árboles de la era. Al poco, una nueva calle se abría camino en Las Pedrosas: un camino tortuoso que llevaba al barranco, pasaba a comunicar, mediante una pasarela, los chalets de nueva construcción del otro lado del barranco con el casco urbano. Fue entonces cuando la alcaldesa al frente del ayuntamiento de Las Pedrosas nos pidió permiso para coger uno de los bloques que habíamos salvado de la destrucción, y colocarlo a mitad del recorrido de la nueva calle, para descanso de los peatones.
Imagen donde se ve la piedra, conservada tal y como se colocó en la calle, tras finalizar la pavimentación de la misma
La idea nos pareció fabulosa y allí fue el bloque de piedra. Durante todos estos años, aproximadamente 13, el bloque de piedra ha servido como banco, hasta fechas actuales, en las que alguien del actual ayuntamiento ha decidido que aquel bloque de piedra, de piedra del terreno, que ha visto discurrir a tantos y tantos pedrosanos por la carretera primero, y por la calle después, debía ser sustituido por un banco de madera, el cual fue colocado delante del bloque.
La piedra, anulada por un banco de madera
No siendo suficiente esto, ha habido ya un intento de quitar el bloque, y sólo puede quitarse de una forma: mediante su completa destrucción.
Vaya así hoy, desde aquí, mi más clara protesta para que esto no suceda, porque tenemos que salvar ese pedacito de historia, haciendo ver a quien lo desprecia, que esa piedra es un trozo vivo de Las Pedrosas.
Es labor fundamental de los dirigentes optimizar los servicios públicos para que puedan ser utilizados por el ciudadano. Esta premisa, que cae de cajón, si bien no siempre es posible porque al final uno se topa con el mundo real, debería primar por encima de cualquier tipo de valoración económica que busque un beneficio en la prestación de un servicio público.
Lamentablemente, nuestro querido Aragón cuenta con unos personajes más de foto y pandereta que de escuchar, dialogar y resolver, que a fuerza de meter ruido y hacerse fotos, pretenden callar mediante la falta de respeto, nula educación e inexistente talante (sirva como muestra un botón), a quienes sosegadamente pretendemos ayudar a que las cosas vayan, al menos, un poco mejor.
«Cuatro ojos ven más que dos», dice el dicho. Pero claro, pareciera que a estos señores les sepa malo tener que compartir la foto con otros, porque su vanidad les impide cumplir el objetivo para el que han sido elegidos, primando la maravillosa y efímera gloria el pan y circo.
Así pues, y retomando el comienzo de esta entrada, es patente que si un servicio público está mal organizado, y lejos de ajustarse a la realidad dista de ella como si estuviera pensado para ser prestado en un mundo paralelo, no va a ser utilizado. Es evidente la consecuencia inmediata de esto: si no se usa, se quita. Resulta igual de evidente lo que cualquier persona de a pie se pregunta: ¿y por qué no molestarse en que funcione?
Y con esto doy comienzo a esta serie de entradas, dedicadas en este caso a los señores de Chunta Aragonesista, que en lugar de luchar por el territorio, vertebrar y buscar soluciones, plantean ideas de bombero, faltan a respeto, miran para otro lado y pasan de la gente.
En esta y futuras entradas iré desgajando los entresijos del proyecto C15 del mapa concesional de transporte por carretera de Aragón. Un proyecto falto de humanidad, y tan alejado de las necesidades de la gente que nace abocado al fracaso, con las nefastas consecuencias que esto acarrea para los aragoneses del medio rural de Aragón.
Y como muestra empecemos con la recién inventada línea Marracos – Ejea de los Caballeros, una línea nacida para conectar las localidades de las Cinco Villas Orientales con la capital de la comarca, en un territorio que dista entre 15 y 40 minutos, según la población, de Ejea de los Caballeros.
La fabulosa tabla de tiempos proyectada es la siguiente:
Anexo AV-21, página 113, del Proyecto del servicio de transporte público de viajeros por carretera del Área de las Cinco Villas con Zaragoza
Hasta aquí todo en orden, conseguimos conectar estos municipios con Ejea. Nadie duda de que conectar núcleos de población con transporte público es una buena iniciativa, pero claro, en el momento que esto no se hace de forma eficiente vienen los problemas.
Vaya por delante que es evidente que a quién no tenga modo de desplazamiento en estos municipios, sin duda este autobús ayudará , pero ahora veremos cómo es cuanto menos dudoso que, si alguien tiene cualquier oportunidad de desplazamiento privado, lo llegue a utilizar.
En la siguiente tabla voy a replicar los datos mostrados, agregando una columna con el tiempo efectivo que se tarda en llegar desde cada una de las localidades hasta Ejea de los Caballeros:
Parada
Denominación
Hora
Tiempo proyecto localidad – Ejea
Tiempo real localidad – Ejea
1
Marracos
6:40
1:35
0:37
2
Puendeluna
6:49
1:26
0:39
3
Piedratajada
6:56
1:19
0:32
4
Lacorvilla
7:08
1:07
0:32
5
Valpalmas
7:12
1:03
0:26
6
Sierra de Luna
7:29
0:46
0:21
7
Las Pedrosas
7:33
0:42
0:23
8
Sierra de Luna
7:36
0:39
0:21
9
Luna
7:50
0:25
0:24
10
Erla
7:58
0:17
0:15
11
Ejea de los Caballeros
8:15
0
0
Comprobando los tiempos aportados, sacados directamente del cálculo de distancias y tiempos que proporciona GoogleMaps, en función de la distancia y velocidad permitida en la vía, podemos comprobar que salvo dos municipios, todos los demás incrementan de forma notable el tiempo que van a tardar en llegar a Ejea usando el transporte público.
Me acusó el señor Gregorio Briz en un foro público de no ser objetivo y de otras cuántas cosas, con el fin de defender un proyecto indefendible ante un planteamiento razonado, ante afirmaciones como la que acabo de exponer.
Dicho esto, vuelvo a preguntar, ¿en serio cree usted que salvo urgente necesidad, un vecino de Puendeluna se va a montar en el autobús que usted propone, a las 6:34 de la mañana, para tardar en llegar casi tres veces más a Ejea de lo que le cuesta normalmente? ¿En serio cree que este planteamiento es defendible y que esto es un buen servicio, más aún teniendo en cuenta la población de la que hablamos? ¿Ve a usted una persona de 80 años metida en un minibús/furgoneta grande desde las 6:34 de un gélido lunes de enero, para llegar a las 8:15, más de una hora y media después, a Ejea?
Si ser realista es no ser objetivo por mostrarle la clara realidad de la aberración que defiende, entonces, no lo soy. Y a partir de ahí que se pronuncien los vecinos de los municipios, porque sepan ustedes, señores de CHA, que por pocos que seamos tenemos el mismo derecho a defendernos que el resto de ciudadanos, y desde luego tenemos el derecho a que ustedes nos escuchen y se sienten con nosotros para plantear algo mejor, y no para imponer, que es lo que hacen, estas barbaridades que encima nos cuestan dinero a todos.
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